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Persio Asencio -Domingo, 24 de enero de 2010
Generalmente la mayoría de ellos carecen de juicio intelectual para determinar la personalidad de sus líderes. Y, los que tienen esa capacidad, no la usan para calificarlos por su carácter real; son personas pasionales, hogueras ardientes que a menudo no arden su propio fuego y dejan a muchos inocentes ahogados en sus cenizas.
Me refiero a esas masas de ciudadanos que en busca de orientación tomaron como norte la figura de un fogoso personaje el cual les impuso su ostentosa brújula moral.
Los individuos que componen esas masas entienden que son engañados. Pues, de alguna manera, conocen lo que es la honestidad y otras sanas características humanas. No obstante, las mismas carecen de importancia si el personaje que les atrae no las tiene. Ven el engaño como un instrumento de poder. Por su parte, enterado de ese comportamiento, el susodicho los trata al modo que desean ser tratados.
Y… ¿qué es lo que desean esas masas?
Sueñan con entrar en una tramoya, impresionante, de esas que se diseñan para crear la percepción de que, sin importar las fechorías cometidas, es imposible caer.
Quieren envolverse en traqueteos de esos que vemos en las películas de misterio, acción y suspenso; esas que en la mayoría de sus capítulos nos muestran a espectaculares bandidos vendiendo drogas, robando, atracando, siempre triunfantes; mientras las autoridades parecen torpes, impotentes y confundidas.
Son masas adictas al compinche. Sobre todo si hay algún botín que repartir.
Quizás viven la ilusión de ser protagonistas de un reportaje de Discovery Channel en el que después de aparecida la carroña llegan las bestias carroñeras en actitud de devorarla, y cada cual toma una parte, en medio de gruñidos, zarpazos y mordidas.
Por tales razones se apegan a ese personaje que los trata como parte de un gran espectáculo.
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